domingo, 8 de noviembre de 2009
Carta a Dios ...
GRACIAS. CON ESTA PALABRA PODRÍA CONCLUIR ESTA CARTA, DIOS MÍO, AMOR MÍO. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Sí, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mi. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.
Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.
Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?
Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.
Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.
Absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infallablemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.
A todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mi eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.
A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mi no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez --en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mi mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.
Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.
Presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.
Me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.
Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?
He sido felíz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido felíz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.
Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!
Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.
He querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.
JLM Descalzo
Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.
Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?
Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.
Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.
Absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infallablemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.
A todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mi eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.
A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mi no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez --en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mi mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.
Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.
Presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.
Me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.
Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?
He sido felíz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido felíz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.
Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!
Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.
He querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.
JLM Descalzo
Dar desde nuestra pobreza

Dios es absolutamente más rico que nadie, porque es absolutamente el más pobre. No tiene nunca nada para sí, sino siempre para el otro. El Padre para el Hijo, el Hijo para el Padre, el Padre y el Hijo para el Espíritu Santo común. Pero tampoco el Espíritu tiene nada para sí, sino todo para el Padre y para el Hijo. Esto no es tampoco un egoísmo a dos o a tres, puesto que en Dios cada uno piensa verdaderamente sólo en el otro y quiere enriquecer al otro. Y toda la riqueza de Dios consiste en este darse y recibir el Tú.
La pobre viuda, que ha dado todos sus haberes, está muy cerca de este Dios. ¿Acaso no se puede decir que Dios ha echado todos sus haberes en el cepillo de las ofrendas del mundo, cuando nos dio a aquel hombre sin apariencia, escondido, apenas localizable en la historia del mundo, llamado Jesús de Nazaret?
¿No se puede decir que en este casi nada nos ha entregado Dios más que con el rico y gigantesco universo, puesto que así nos ofreció «todo lo que necesitaba para vivir», a fin de que nosotros, aunque él muriera, pudiéramos vivir de su vida eterna?
(H. U. von Balthasar, Tu coroni l'anno con la tua grazia, Milán 1990, p. 177 [edición española: Tú coronas el año con tu gracia, Encuentro, Madrid 1997]).
viernes, 6 de noviembre de 2009
Ordenación Diaconal de Moises
Con gran alegría nos unimos en oración para dar gracias a Dios por la ordenación diaconal de Moises

La celebración será a las 19:30 precidida por el Arzobispo de Córdoba Carlos Ñañez.
Seguramente hemos compartido algunos momentos con él, en campamentos, misiones o encuentros. Que este momento especial en su vida, pueda ayudarnos a reflexionar sobre nuestro seguimiento de Jesús.
La celebración será a las 19:30 precidida por el Arzobispo de Córdoba Carlos Ñañez.
Seguramente hemos compartido algunos momentos con él, en campamentos, misiones o encuentros. Que este momento especial en su vida, pueda ayudarnos a reflexionar sobre nuestro seguimiento de Jesús.
Encuentro Juvenil
Día del Enfermo

La Comisión Episcopal para la Pastoral de la Salud, en nombre de los obispos argentinos, expresó su deseo de que el Día del Enfermo, que se recuerda el segundo domingo de noviembre, “despierte en nuestras comunidades un fuerte sentido de solidaridad” y señaló la triple consigna –a modo de lema- que debe primar frente a los enfermos: “Escúchalo, ámalo, anúnciale a Cristo nuestra esperanza”.
“Que ya los niños descubran la misteriosa presencia de Jesús en los hermanos enfermos. Que los jóvenes, especialmente las chicas consideren que el Señor podría llamarlas para consagrarse a la defensa y cuidado de la vida. Que nuestros parientes enfermos y ancianos puedan confiar en la generosidad de sus hermanos y sus hijos. Y que puedan contar con la cercanía de los sacerdotes y amigos de nuestras comunidades eclesiales”, precisó.
En un comunicado con la firma del presidente del organismo eclesiástico, monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes, consideró que este año “han sucedido cosas que han tocado fuertemente nuestra sensibilidad” al referirse a la amenaza del dengue y a la emergencia nacional por la gripe A H1NI que, según dijo, “nos hizo tomar conciencia de que nadie está exento de poder enfermarse inesperadamente y hasta perder la vida”.
“Pero este peligro -reconoció- ha sido, a la vez, motivo para aprender a ser responsables y protegernos mutuamente. Tanto más nos estremece cuando, los que están afectados por una grave enfermedad, son condenados a muerte con prácticas criminales por el comercio de fármacos falsos, que involucra a importantes sectores públicos”.
Monseñor Stöckler hizo hincapié en el lema para esta jornada, al subrayar que “el enfermo debe ser centro y protagonista de nuestro encuentro. Él tiene algo que decirnos. El prestar atención a lo que nos manifiesta, nos dispone a compartir su vida y sostenerla. Por la palabra del Señor sabemos, que en cada enfermo visitamos a Cristo mismo”.
Tras señalar que “la espiritualidad cristiana está orientada a la salud en sentido total; porque tiende a la restauración del hombre entero en Cristo. Amar al enfermo significa compartir su anhelo de sanarse”, llamó a “luchar por la vida, con todos los medios que estén a nuestro alcance, es la manera cómo se manifiesta la autenticidad de nuestro amor”.
“Hay que respetar la obra que Dios está haciendo en el enfermo. Porque lo ama y reconoce en él o ella a su propio Hijo. Con Cristo, todo lo humano tiene sentido; especialmente el dolor y la enfermedad. Él es nuestra Esperanza. En el bautismo hemos muerto y resucitado con Cristo; por eso hemos de animar al enfermo para que se deje alcanzar por Él. Junto a Cristo está su Madre quien nos ayuda a acoger y completar las vivencias de su Hijo, y participar así en la redención del mundo”, reiteró.+
sábado, 31 de octubre de 2009
Asamblea Arquidiocesana Resistencia Chaco
Bajo el lema "La Buena Nueva está. Protanistas de nuestra historia" se está llevando a cabo la asamblea arquidiocesana de la Arquidiocesis de Resistencia, con una linda concurrencia de gente en el Colegio María Auxiliadora.

Recemos para que nuestra asamblea sea un momento de comunión, fraternidad y solidaridad.

Recemos para que nuestra asamblea sea un momento de comunión, fraternidad y solidaridad.
Halloween, Cristiano?
Halloween ("All hallow's eve") es una palabra que proviene del inglés antiguo, que significa "víspera de todos los santos", sin embargo, la antigua costumbre anglosajona le ha robado su estricto sentido religioso para celebrar en su lugar la noche del terror, de las brujas y los fantasmas. Halloween marca un retorno al antiguo paganismo, tendencia que se ha propagado también entre los pueblos hispanos.
La celebración del Halloween se inició con los celtas, antiguos pobladores de Europa Oriental, Occidental y parte de Asia Menor. Entre ellos habitaban los druidas, sacerdotes paganos adoradores de los árboles, especialmente del roble. Ellos creían en la inmortalidad del alma, que se introducía en otro individuo al abandonar el cuerpo, pero el 31 de octubre volvía a su antiguo hogar a pedir comida a sus moradores, que estaban obligados a hacer provisión para ella.
El año céltico concluía en esta fecha que coincide con el otoño, cuya característica principal es la caída de las hojas. Para ellos significaba el fin de la muerte o iniciación de una nueva vida. Esta enseñanza se propagó a través de los años juntamente con la adoración a su dios el "señor de la muerte", o "Samagin", a quien en este mismo día invocaban para consultarle sobre el futuro, salud, prosperidad, muerte, entre otros.
Cuando los pueblos celtas se cristianizaron, no todos renunciaron a las costumbres paganas. La coincidencia cronológica de la fiesta pagana con la fiesta cristiana de Todos los Santos y la de los difuntos, que es el día siguiente, hizo que se mezclara y en vez de recordar los ejemplos de los santos y orar por los antepasados, se llenaban de miedo ante las antiguas supersticiones sobre la muerte y los difuntos.
Algunos inmigrantes irlandeses introdujeron Halloween en los Estados Unidos donde llegó a ser parte del folclore popular. Se le añadieron diversos elementos paganos tomados de los diferentes grupos de inmigrantes hasta llegar a incluir la creencia en brujas, fantasmas, duendes, vampiros y monstruos de toda especie. Desde ahí, se ha propagado por todo el mundo.
Calabaza, golosinas y disfraces
La calabaza fue añadida después y tiene su origen en los países escandinavos y luego regresó a Europa y al resto de América gracias a la colonización cultural de sus medios de comunicación y los telefilmes y películas importados.
En Halloween, la leyenda anglosajona dice que es fácil ver brujas y fantasmas. Los niños se disfrazan y van -con una vela introducida en una calabaza vaciada en la que se hacen incisiones para formar una calavera- de casa en casa. Cuando se abre la puerta gritan: "trick or treat" (broma o regalo) para indicar que gastarán una broma a quien no les de una especie de propina o aguinaldo en golosinas o dinero.
Festividad de Todos los Santos
Para los cristianos es la fiesta de Todos los Santos la que verdaderamente tiene relevancia y refleja la fe en el futuro para quienes esperan y viven según el Evangelio predicado por Jesús. El respeto a los restos mortales de quienes murieron en la fe y su recuerdo, se inscribe en la veneración de quienes han sido "templos del Espíritu Santo".
La conmemoración de Todos los Fieles Difuntos fue instituida por San Odilón, monje benedictino y quinto Abad de Cluny en Francia el 31 de octubre del año 998. Al cumplirse el milenario de esta festividad, el Papa Juan Pablo II recordó que "San Odilón deseó exhortar a sus monjes a rezar de modo especial por los difuntos. A partir del Abad de Cluny comenzó a extenderse la costumbre de interceder solemnemente por los difuntos, y llegó a convertirse en lo que San Odilón llamó la Fiesta de los Muertos, práctica todavía hoy en vigor en la Iglesia universal".
"Al rezar por los muertos -dice el Santo Padre-, la Iglesia contempla sobre todo el misterio de la Resurrección de Cristo que por su Cruz nos obtiene la salvación y la vida eterna. La Iglesia espera en la salvación eterna de todos sus hijos y de todos los hombres".
Tras subrayar la importancia de las oraciones por los difuntos, el Pontífice afirma que las "oraciones de intercesión y de súplica que la Iglesia no cesa de dirigir a Dios tienen un gran valor. El Señor siempre se conmueve por las súplicas de sus hijos, porque es Dios de vivos. La Iglesia cree que las almas del purgatorio "son ayudadas por la intercesión de los fieles, y sobre todo, por el sacrificio propiciatorio del altar", así como "por la caridad y otras obras de piedad". Por eso llamó a los católicos "a rezar con fervor por los difuntos, por sus familias y por todos nuestros hermanos y hermanas que han fallecido, para que reciban la remisión de las penas debidas a sus pecados y escuchen la llamada del Señor".
Cultura y negocio del terror
Una cultura de consumo que propicia y aprovecha las oportunidades para hacer negocios, sin importar cómo. Hollywood ha contribuido a la difusión del Halloween con una serie de películas en las cuales la violencia gráfica y los asesinatos crean en el espectador un estado morboso de angustia y ansiedad. Estas películas son vistas por adultos y niños, creando en estos últimos miedo y una idea errónea de la realidad. El Halloween hoy es, sobre todo, un gran negocio. Máscaras, disfraces, dulces, maquillaje y demás artículos necesarios son un motor más que suficiente para que algunos empresarios fomenten el "consumo del terror". Se busca además favorecer la imitación de las costumbres norteamericanas por considerarse que esto está bien porque este país tiene chapa de "superior".
"Si somos sinceros con nosotros mismos y buscamos ser fieles a los valores de la Iglesia Católica, llegaremos a la conclusión de que el Halloween no tiene nada que ver con nuestro recuerdo cristiano de los Fieles Difuntos, y que todas sus connotaciones son nocivas y contrarias a los principios elementales de nuestra fe", dice la agencia ACIPrensa.+
La celebración del Halloween se inició con los celtas, antiguos pobladores de Europa Oriental, Occidental y parte de Asia Menor. Entre ellos habitaban los druidas, sacerdotes paganos adoradores de los árboles, especialmente del roble. Ellos creían en la inmortalidad del alma, que se introducía en otro individuo al abandonar el cuerpo, pero el 31 de octubre volvía a su antiguo hogar a pedir comida a sus moradores, que estaban obligados a hacer provisión para ella.
El año céltico concluía en esta fecha que coincide con el otoño, cuya característica principal es la caída de las hojas. Para ellos significaba el fin de la muerte o iniciación de una nueva vida. Esta enseñanza se propagó a través de los años juntamente con la adoración a su dios el "señor de la muerte", o "Samagin", a quien en este mismo día invocaban para consultarle sobre el futuro, salud, prosperidad, muerte, entre otros.
Cuando los pueblos celtas se cristianizaron, no todos renunciaron a las costumbres paganas. La coincidencia cronológica de la fiesta pagana con la fiesta cristiana de Todos los Santos y la de los difuntos, que es el día siguiente, hizo que se mezclara y en vez de recordar los ejemplos de los santos y orar por los antepasados, se llenaban de miedo ante las antiguas supersticiones sobre la muerte y los difuntos.
Algunos inmigrantes irlandeses introdujeron Halloween en los Estados Unidos donde llegó a ser parte del folclore popular. Se le añadieron diversos elementos paganos tomados de los diferentes grupos de inmigrantes hasta llegar a incluir la creencia en brujas, fantasmas, duendes, vampiros y monstruos de toda especie. Desde ahí, se ha propagado por todo el mundo.
Calabaza, golosinas y disfraces
La calabaza fue añadida después y tiene su origen en los países escandinavos y luego regresó a Europa y al resto de América gracias a la colonización cultural de sus medios de comunicación y los telefilmes y películas importados.
En Halloween, la leyenda anglosajona dice que es fácil ver brujas y fantasmas. Los niños se disfrazan y van -con una vela introducida en una calabaza vaciada en la que se hacen incisiones para formar una calavera- de casa en casa. Cuando se abre la puerta gritan: "trick or treat" (broma o regalo) para indicar que gastarán una broma a quien no les de una especie de propina o aguinaldo en golosinas o dinero.
Festividad de Todos los Santos
Para los cristianos es la fiesta de Todos los Santos la que verdaderamente tiene relevancia y refleja la fe en el futuro para quienes esperan y viven según el Evangelio predicado por Jesús. El respeto a los restos mortales de quienes murieron en la fe y su recuerdo, se inscribe en la veneración de quienes han sido "templos del Espíritu Santo".
La conmemoración de Todos los Fieles Difuntos fue instituida por San Odilón, monje benedictino y quinto Abad de Cluny en Francia el 31 de octubre del año 998. Al cumplirse el milenario de esta festividad, el Papa Juan Pablo II recordó que "San Odilón deseó exhortar a sus monjes a rezar de modo especial por los difuntos. A partir del Abad de Cluny comenzó a extenderse la costumbre de interceder solemnemente por los difuntos, y llegó a convertirse en lo que San Odilón llamó la Fiesta de los Muertos, práctica todavía hoy en vigor en la Iglesia universal".
"Al rezar por los muertos -dice el Santo Padre-, la Iglesia contempla sobre todo el misterio de la Resurrección de Cristo que por su Cruz nos obtiene la salvación y la vida eterna. La Iglesia espera en la salvación eterna de todos sus hijos y de todos los hombres".
Tras subrayar la importancia de las oraciones por los difuntos, el Pontífice afirma que las "oraciones de intercesión y de súplica que la Iglesia no cesa de dirigir a Dios tienen un gran valor. El Señor siempre se conmueve por las súplicas de sus hijos, porque es Dios de vivos. La Iglesia cree que las almas del purgatorio "son ayudadas por la intercesión de los fieles, y sobre todo, por el sacrificio propiciatorio del altar", así como "por la caridad y otras obras de piedad". Por eso llamó a los católicos "a rezar con fervor por los difuntos, por sus familias y por todos nuestros hermanos y hermanas que han fallecido, para que reciban la remisión de las penas debidas a sus pecados y escuchen la llamada del Señor".
Cultura y negocio del terror
Una cultura de consumo que propicia y aprovecha las oportunidades para hacer negocios, sin importar cómo. Hollywood ha contribuido a la difusión del Halloween con una serie de películas en las cuales la violencia gráfica y los asesinatos crean en el espectador un estado morboso de angustia y ansiedad. Estas películas son vistas por adultos y niños, creando en estos últimos miedo y una idea errónea de la realidad. El Halloween hoy es, sobre todo, un gran negocio. Máscaras, disfraces, dulces, maquillaje y demás artículos necesarios son un motor más que suficiente para que algunos empresarios fomenten el "consumo del terror". Se busca además favorecer la imitación de las costumbres norteamericanas por considerarse que esto está bien porque este país tiene chapa de "superior".
"Si somos sinceros con nosotros mismos y buscamos ser fieles a los valores de la Iglesia Católica, llegaremos a la conclusión de que el Halloween no tiene nada que ver con nuestro recuerdo cristiano de los Fieles Difuntos, y que todas sus connotaciones son nocivas y contrarias a los principios elementales de nuestra fe", dice la agencia ACIPrensa.+
jueves, 29 de octubre de 2009
Penas de Amor

Buen día! Penas de amor ¡qué tema! ¿Es para que lo trate un sacerdote? ¡Qué sabrá él de penas de amor!
Sospecho que no faltará algún lector masculino o femenino, y en ese orden... que se habrá hecho la pregunta. Obviando una respuesta de tipo personal, prefiero transcribir esta bella y consoladora página de Zenaida Bacardí de Argamasilla; escrita sobre todo para mujeres:
“Tú vas a sobrevivir. Las penas de amor no matan: tú vas a sobrevivir. Repítelo todos los días. El tiempo tiene más poder curativo del que supones.
No entres en la pasividad. Llena todas las horas. No abandones nada de lo que tienes que atender: esas ocupaciones diarias serán quizás las que poco a poco vayan ocupando tus pensamientos y disipando tus penas. Las responsabilidades y la fe en Dios son la terapia más eficaz.
No te concentres en los mismos pensamientos y en la misma nostalgia, no absorbas tus horas con el recuerdo de lo que fue. Entra al mundo de lo que será de ahora en adelante. No te aísles, no te eclipses del mundo, no te alejes de los demás.
No temas hacer cambios en tu persona, en tus actividades, en tu casa. Sin desbocarte, pero resuelta y segura... Mientras más decidida te muestres a cambiar el antiguo panorama, más rápida y pronta será la recuperación.
Aparta ya ese dolor que se te ha metido en el alma... No cierres el libro de tu vida: te faltan los capítulos más sorpresivos, más emocionantes. Te falta ver cómo esa vida que creías destrozada y perdida puede convertirse en tu orgullo y tu realización.
Tú vas a sobrevivir. Las penas de amor no matan. Se sobrevive porque la vida manda, el corazón reclama y Dios ayuda... Porque tu corazón no está marchito, está lesionado. Tus alas no están rotas, estás cerradas. Tus sueños no están muertos, están dormidos. ¡Y tú volverás a vivir!”.
Volver a vivir. Esa vida que se nos fue dada sin nosotros, no podremos vivirla adecuadamente sin nosotros. ¡A ponerse de pie, a desplegar las alas, a despertar los sueños!
¡Hasta mañana!
martes, 27 de octubre de 2009
¡De vuelta al Pago!
Hace casi dos años que regresé de Filipinas donde viví 18 años como misionero. Fue para celebrar los 20 años de la misión de los Sacerdotes del Corazón de Jesús (Dehonianos) en esas islas.
Ser misionero en tierras lejanas es un llamado que había recibido ya en mi noviciado y que fui madurando durante los años de formación, en las misiones de verano en el Chaco, con comunidades de aborígenes Tobas, y en mi inserción en los barrios populares del Gran Buenos Aires.
Así como había experimentado el dolor de mi partida, ahora me tocaba vivir la alegría del reencuentro con la gente que me acompañó y me ayudo a crecer como sacerdote, misionero y consagrado.
¡Que lindo fue reencontrarme con la comunidad de aborígenes higaonons de la aldea de Besigan! Fue totalmente providencial que pudiera ir a esa remota aldea, ya que justo estaba agendada la misa dentro de los pocos días que yo estuve en Cagayan de Oro. Los aborígenes son los más pobres de los pobres en Filipinas. Desplazados y olvidados, viven en pequeños pueblitos de las sierras, donde plantan batatas, café, coco, maíz, bananas y algunas hortalizas. Habíamos cultivado una amistad muy linda con la gente de esta comunidad que fuimos formando con varias misiones en las que participaron jóvenes, matrimonios y seminaristas. Siempre me quedaba a pasar la noche en la casa del líder laico Pasaylo. Su hija Elsie fue una de las primeras que se recibió de la secundaria junto con otros 10 adolescentes que estudiaron con la ayuda de nuestra congregación en otro pueblito de esta parroquia donde hay una escuela. Hoy este programa cuenta con un hogar en Mambuaya donde residen 30 adolescentes higaonons. Cuatro de los muchachos que se recibieron este año, ingresaron al seminario de nuestra congregación. Esto es increíble para mí, y me llena de gozo y gratitud. Lo que comenzó como un granito de mostaza, hoy ha crecido y está dando mucho fruto.

También pude reencontrarme con la comunidad de mi primera parroquia: Margosatubig, en la diócesis de Pagadían. Allí trabajamos mucho con los jóvenes quienes me tenían preparada una sorpresa. La mayoría de los que eran jóvenes en el 1994, cuando dejé esa parroquia, ahora están casados y tienen hermosos hijos. Después de celebrar la Eucaristía , compartimos el almuerzo y nos contamos nuestras experiencias de Dios y de servicio a la Iglesia. Pasé la noche con una de estas familias, la de Michael y Merlyn que tienen ya 5 hijos. Fue una gracia muy especial para mi poder ver los frutos de nuestro trabajo de pastoral juvenil, ya que ellos siguen participando activamente en su comunidad que ahora está liderada por sacerdotes del clero diocesano, quienes también me recibieron con mucho afecto.
Otro don de la Providencia fue que en el mes de Mayo se celebraban los 10 años de KASANAG, una fundación que está al servicio de las niñas y jóvenes victimas de abuso sexual, que inicié con el apoyo de mi congregación y la ayuda de algunos docentes y de matrimonios de Encuentros Matrimoniales en la Ciudad de Cagayan de Oro, al norte de Mindanao. Hoy KASANAG, que significa "Luz", sigue creciendo, bajo la guía de sacerdotes de mi congregación y de un grupo de profesionales que acompañan el proceso de recuperación de las 31 chicas que están en la residencia y de otras que viven con familiares o en familias adoptivas. El Arzobispo Mons. Antonio Ledesma presidió la misa, y luego de la cena hubo lo que ellos llaman "Programa" que es una serie de números musicales, danzas, cantos, coreografías, entre palabras alusivas de personas que hicieron a la historia de esta institución. Por supuesto que yo también tuve que hablar. De entre muchos milagros, mencionaré solamente al de Imelda. Una niña de 6 años que conocí en Margosatubig, hija de una mujer esquizofrénica, que deambulaba sin hogar ni paradero fijo. Con la ayuda de algunas familias que la aceptaron en sus hogares, y después con la asistencia de la gente de KASANAG, pudo estudiar, recibirse de psicóloga y hoy está felizmente casada y trabajando en otra institución que sirve a los niños de la calle, que está bajo la dirección de la congregación de los Pobres Siervos de la Divina Providencia.
En Manila, donde pasé mis últimos tres años, me esperaban los niños del centro pastoral de las hermanas del Divino Salvador, a quienes acompañé como sacerdote. Estos son niños en situación de riesgo o víctimas de abuso de barrios muy pobres. Cuando me vieron llegar a la capilla donde funciona este centro, se vinieron corriendo a abrazarme. Los invité a nuestra casa de formación donde jugamos, comimos, me contaron sus historias y cantaron y bailaron para mi. Los filipinos aman el canto y el baile.

Habría mucho más para contar, son muchos años, muchas personas, comunidades, muchos caminos recorridos e historias compartidas... ¡Tendría que escribir un libro!
Hoy el Señor me quiere en Argentina, aunque yo considero que me formé como sacerdote en aquellas lejanas tierras. Una amiga religiosa filipina me dijo consolándome al despedirme "Ahora podrás llevar a tu país la experiencia de un sacerdote misionero en Asia". Y sí, tengo que decir que los pobres de Filipinas, me cambiaron la vida, y que por medio de ellos el Señor me inflamó aún más con su amor y su ardor misionero.
La esencia y la razón de ser de la Iglesia es la misión, porque como dice San Pablo: "El amor de Cristo nos apremia" 2 Cor 5, 14
P. Eduardo Agüero SCJ
Ser misionero en tierras lejanas es un llamado que había recibido ya en mi noviciado y que fui madurando durante los años de formación, en las misiones de verano en el Chaco, con comunidades de aborígenes Tobas, y en mi inserción en los barrios populares del Gran Buenos Aires.
Así como había experimentado el dolor de mi partida, ahora me tocaba vivir la alegría del reencuentro con la gente que me acompañó y me ayudo a crecer como sacerdote, misionero y consagrado.
¡Que lindo fue reencontrarme con la comunidad de aborígenes higaonons de la aldea de Besigan! Fue totalmente providencial que pudiera ir a esa remota aldea, ya que justo estaba agendada la misa dentro de los pocos días que yo estuve en Cagayan de Oro. Los aborígenes son los más pobres de los pobres en Filipinas. Desplazados y olvidados, viven en pequeños pueblitos de las sierras, donde plantan batatas, café, coco, maíz, bananas y algunas hortalizas. Habíamos cultivado una amistad muy linda con la gente de esta comunidad que fuimos formando con varias misiones en las que participaron jóvenes, matrimonios y seminaristas. Siempre me quedaba a pasar la noche en la casa del líder laico Pasaylo. Su hija Elsie fue una de las primeras que se recibió de la secundaria junto con otros 10 adolescentes que estudiaron con la ayuda de nuestra congregación en otro pueblito de esta parroquia donde hay una escuela. Hoy este programa cuenta con un hogar en Mambuaya donde residen 30 adolescentes higaonons. Cuatro de los muchachos que se recibieron este año, ingresaron al seminario de nuestra congregación. Esto es increíble para mí, y me llena de gozo y gratitud. Lo que comenzó como un granito de mostaza, hoy ha crecido y está dando mucho fruto.

También pude reencontrarme con la comunidad de mi primera parroquia: Margosatubig, en la diócesis de Pagadían. Allí trabajamos mucho con los jóvenes quienes me tenían preparada una sorpresa. La mayoría de los que eran jóvenes en el 1994, cuando dejé esa parroquia, ahora están casados y tienen hermosos hijos. Después de celebrar la Eucaristía , compartimos el almuerzo y nos contamos nuestras experiencias de Dios y de servicio a la Iglesia. Pasé la noche con una de estas familias, la de Michael y Merlyn que tienen ya 5 hijos. Fue una gracia muy especial para mi poder ver los frutos de nuestro trabajo de pastoral juvenil, ya que ellos siguen participando activamente en su comunidad que ahora está liderada por sacerdotes del clero diocesano, quienes también me recibieron con mucho afecto.
Otro don de la Providencia fue que en el mes de Mayo se celebraban los 10 años de KASANAG, una fundación que está al servicio de las niñas y jóvenes victimas de abuso sexual, que inicié con el apoyo de mi congregación y la ayuda de algunos docentes y de matrimonios de Encuentros Matrimoniales en la Ciudad de Cagayan de Oro, al norte de Mindanao. Hoy KASANAG, que significa "Luz", sigue creciendo, bajo la guía de sacerdotes de mi congregación y de un grupo de profesionales que acompañan el proceso de recuperación de las 31 chicas que están en la residencia y de otras que viven con familiares o en familias adoptivas. El Arzobispo Mons. Antonio Ledesma presidió la misa, y luego de la cena hubo lo que ellos llaman "Programa" que es una serie de números musicales, danzas, cantos, coreografías, entre palabras alusivas de personas que hicieron a la historia de esta institución. Por supuesto que yo también tuve que hablar. De entre muchos milagros, mencionaré solamente al de Imelda. Una niña de 6 años que conocí en Margosatubig, hija de una mujer esquizofrénica, que deambulaba sin hogar ni paradero fijo. Con la ayuda de algunas familias que la aceptaron en sus hogares, y después con la asistencia de la gente de KASANAG, pudo estudiar, recibirse de psicóloga y hoy está felizmente casada y trabajando en otra institución que sirve a los niños de la calle, que está bajo la dirección de la congregación de los Pobres Siervos de la Divina Providencia.
En Manila, donde pasé mis últimos tres años, me esperaban los niños del centro pastoral de las hermanas del Divino Salvador, a quienes acompañé como sacerdote. Estos son niños en situación de riesgo o víctimas de abuso de barrios muy pobres. Cuando me vieron llegar a la capilla donde funciona este centro, se vinieron corriendo a abrazarme. Los invité a nuestra casa de formación donde jugamos, comimos, me contaron sus historias y cantaron y bailaron para mi. Los filipinos aman el canto y el baile.

Habría mucho más para contar, son muchos años, muchas personas, comunidades, muchos caminos recorridos e historias compartidas... ¡Tendría que escribir un libro!
Hoy el Señor me quiere en Argentina, aunque yo considero que me formé como sacerdote en aquellas lejanas tierras. Una amiga religiosa filipina me dijo consolándome al despedirme "Ahora podrás llevar a tu país la experiencia de un sacerdote misionero en Asia". Y sí, tengo que decir que los pobres de Filipinas, me cambiaron la vida, y que por medio de ellos el Señor me inflamó aún más con su amor y su ardor misionero.
La esencia y la razón de ser de la Iglesia es la misión, porque como dice San Pablo: "El amor de Cristo nos apremia" 2 Cor 5, 14
P. Eduardo Agüero SCJ
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